MODERNIDAD Y MELANCOLÍA: del nihilismo al tono apocalíptico (Benjamin, Nietzsche y Derrida)
Quizá, para comprender la modernidad, tendríamos que hacerlo desde aquellos puntos de quiebre de la subjetividad donde, a lo largo de la historia, han existido diferentes golpes “narcisistas” al denominado hombre moderno. Este recorrido abre conceptualizaciones desde cierta filosofía: desde la era de los melancólicos, para continuar con la era de los nihilistas y finalizar con los apocalípticos, término utilizado por Umberto Eco en su libro Los apocalípticos e integrados, y por Jacques Derrida, cuyo eje principal aquí será su libro Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía…. Así, el propósito de esta reflexión será extraer los puntos que consideramos más importantes para sostener un hilo conductor.
Sergio Cisneros -ANALIZAR-
3/6/20269 min read


La era de los melancólicos
La modernidad empieza con la era de los melancólicos. Esta conceptualización permite describir la modernidad como una experiencia de pérdida del mundo: desarraigo, choque, desencantamiento, enfriamiento afectivo y duelo por totalidades perdidas. En este sentido, Walter Benjamin es el autor más cercano para situar la melancolía como una tonalidad estructural de la subjetividad moderna: “Con espanto el melancólico ve a la tierra caída en el desnudo estado de naturaleza. Ningún Aura” (Walter Benjamin). Pero ¿por qué situar aquí el comienzo de la modernidad? Precisamente porque en la melancolía hay algo que se pierde, aunque no se sabe qué; es decir, en la era de la melancolía hay una decepción profunda respecto de algo que ya se perdió.
Al definir la melancolía podemos retomar a varios autores; sin embargo, estos tres nos mencionan:
Aristóteles: “Así se da con el abatimiento que se da en la vida cotidiana, pues a menudo estamos en un estado de duelo, pero no sabríamos decir por qué, mientras que en otros momentos nos encontramos alegres sin motivo aparente”.
Robert Burton: “Es de todo punto absurdo y ridículo que cualquier mortal busque un tenor perpetuo de felicidad en su vida… la melancolía es una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales” (Burton, p. 69).
Freud: La melancolía ataca al yo: cuando sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él.
Definiéndolo de esta manera, tendremos desde la figura del melancólico la pregunta: ¿qué es lo que se perdió en el hombre para dar lugar a la modernidad? Es aquí donde ubicaremos los quiebres, los golpes narcisistas.
El primer quiebre, golpe al narcisismo, se ubica con Nicolás Copérnico en 1543. El punto se encuentra en la idea judeocristiana que sostenía que el “hombre era el centro del universo”. Ahora bien, la tesis central de Copérnico es precisamente el quiebre de esa creencia, ya que sostuvo que “la Tierra gira alrededor del Sol”. Otro punto de la tesis copernicana es la idea del infinito del universo. Desde este quiebre, el orden se comienza a desmoronar: el universo ya no es un orden cerrado y pleno de sentido, sino que aparece como algo que descoloca.
El segundo quiebre o golpe narcisista será ubicado en el mismo año, 1543, pero con Andrés Vesalio y su obra de anatomía humana De humani corporis fabrica. Se ubica el cuerpo humano como un fenómeno natural: complejo, pero comprensible, perdiendo su trascendencia. El golpe se da aquí, en la muerte del espíritu: la ciencia carcome el espíritu, lo reduce, lo elimina.
Otro golpe se ubica en 1531 con la obra de Maquiavelo El príncipe. Lo que se derrumba es la idea de lo justo e injusto como fundamento de la política. La tesis del Príncipe será que la política y la ética deberán estar separadas, al contrario de Aristóteles, que postulaba que deberían estar juntas. Para Maquiavelo, el príncipe debe ubicarse por encima de sentidos morales: se le da poder absoluto, ya que debe estar dispuesto a comportarse como un animal si es necesario; tendrá que saquear, torturar o matar. Las luchas internas entre lo justo o lo injusto pierden su lugar, en la medida en que se tiene la capacidad de imponerse a otros: “el fin justifica los medios”.
Otro golpe, en 1516, recae sobre la idea de la inmortalidad del alma, siendo este uno de los mitos más grandes de Occidente. Se ubica con Pietro Pomponazzi, en su libro Tratado sobre la inmortalidad del alma, comentando que la inmortalidad del alma no puede ser justificada filosóficamente.
Hay un último golpe dirigido al amor, siendo esta la última pérdida: un eros melancólico desilusionado, ubicado con Bronzino hacia 1530, con su cuadro pictórico “Eros”, y en 1545 con su “Alegoría”.
Así, frente a estos golpes, rupturas y quiebres, lo que hay es un no saber qué es lo que se ha perdido. Podríamos acentúar que esto también se ve en autores literarios e incluso en pinturas cuyo trasfondo sostiene este tono melancólico de la perspectiva del hombre. Hay, por decirlo de alguna manera, levantamientos de velos: ideas y creencias que habían permanecido por mucho tiempo, pero que ahora —haciendo una analogía con el cuadro de Bronzino, “Alegoría”— Saturno ha logrado descubrir el engaño. Y aunque la necesidad quiera seguir con la ilusión, las fracturas ya mencionadas no permiten recuperar esa ilusión.
El hombre moderno entra sin alma, sin amor, sin Dios, sin ideología. Fue desalojado de su posición central: fue desahuciado. Durante los siglos XVI y XVII es el tiempo que duró el duelo. Sin embargo, estas rupturas no son lineales, sino más bien dialécticas, en el sentido hegeliano: se está en la era melancólica y, a la vez, con algo más; en espiral y simultáneas.
La era del nihilismo
Si bien en la era melancólica hay fracturas y golpes al narcisismo sin darse cuenta —es decir, sin saber qué es lo que se perdió—, en la era del nihilismo se sabe lo que se perdió. Desde Volpi, en su libro El nihilismo, los europeos se dan cuenta de que los valores, en realidad, son un espejismo: que no tienen ningún valor. El nihilismo es una concepción del mundo: no es doctrina ni postura teórica, sino una forma de detectar lo antiestético y el vacío de sentido.
Para definir el nihilismo, Volpi recurre a la respuesta de Nietzsche, que se pregunta lo mismo; su respuesta es: “Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al ¿para qué?; ¿qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizaron” (Volpi, Franco, 2005).
Mainländer, en su libro Filosofía de la redención, plantea una tesis principal: la meta de toda vida será la muerte. Aunque pretende ser romántico, ya está en el nihilismo. En 1874 anuncia la muerte de Dios. Mainländer utiliza el viejo lenguaje de la metafísica: así, de la unidad se pasa a la multiplicidad. Dios es tan omnipotente que ya no puede ser mejor; lo que le queda, entre el ser y el no-ser, será la nada, la desintegración, la muerte. Este Dios tendría que optar por la nada, porque si no, lo limitaría. Este es un antecedente del siglo XIX: ya se anunciaba la muerte de Dios, y es aquí donde, para Mainländer, el universo tiene un origen.
En este contexto se encuentra Nietzsche, Freud, Schopenhauer y Mainländer.
En Mainländer, la voluntad de morir es inconsciente y la voluntad de vivir se refleja en la muerte. Hay la idea de un demonio individual inconsciente que aspira a la muerte y alcanzará su meta: quieren la vida para la muerte. Estos puntos tienen una coincidencia importante con los términos que Freud desarrolla en Más allá del principio del placer a través de las pulsiones de Eros y Tánatos, donde la pulsión de muerte es un retorno a lo inanimado. Con Mainländer será dicho así: “El fluido tiene solo un afán: quiere desbordarse, en forma horizontal y en todas direcciones, hacia un punto ideal ubicado fuera de él. Pero queda claro que el afán por un punto ideal es un afán evidente por el no ser” (Mainländer, Philipp, 2011). Hay, pues, puntos de encuentro entre el psicoanálisis y la filosofía, y se muestra en este punto de Mainländer con Freud.
Para ir abordando la era de los apocalípticos podemos recurrir a una cita de La gaya ciencia, parágrafo 15:
“Esta montaña hace la región entera que domina encantadora y llena de significado en todos los aspectos: después de habernos dicho esto a nosotros mismos por centésima vez tenemos una actitud tan irracional y agradecida hacia ella, la dadora de ese encanto, que creemos que tiene que ser lo más deseable de la región… y cuando subimos a ella nos decepciona. Es como si, de repente, la montaña misma y toda la comarca que está alrededor de nosotros, bajo nosotros, dejasen de estar encantadas; habíamos olvidado que algunos tamaños, igual que algunas calidades, exigen ser vistos desde una cierta distancia, y, sin duda, desde abajo, no desde arriba, pues solo así hacen efecto. Quizá conozcas a personas cercanas a ti a las que, para encontrarse siquiera soportables, o atractivas y dadoras de fuerza, solo les es lícito mirarse a sí mismas desde una cierta lejanía; el autoconocimiento se les debe desaconsejar.” (Friedrich Nietzsche)
Hay en esta cita puntos muy interesantes: algunas “verdades” solo lo son desde la distancia, porque al acercarnos eso se desvanece, se devela.
La era de los apocalípticos
Es tomada desde Jacques Derrida, cuyo eje principal aquí será su libro Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía…. El concepto de apocalipsis es definido desde el griego y el hebreo y retomado desde Juan, en el Nuevo Testamento, en esas ideas delirantes de su relato. Significa develamiento con un tinte ominoso y siniestro: es una era de lo residual, escatológica, de la muerte del sujeto, del hombre, de Dios, de la filosofía, donde todo llega a su fin y no quedaría nada que ayude a explicar; hay un cierre de los discursos.
La idea de apocalipsis es la idea de un fin donde la razón se verá en su límite: castrada.
Derrida, con la deconstrucción, retomando la cita de Nietzsche sobre subirse a la montaña sin decepcionarse —ya que, al igual que la montaña, la vida será soportable si se ve a cierta distancia—, plantea un desencantamiento de la cercanía. Sin embargo, Derrida tomará la figura del mistagogo, a la que recurre Kant: el mistagogo rechaza la razón como medio para acceder a la verdad; rechaza el concepto, la teoría. Mientras que el filósofo es aquel que se esfuerza en llegar a la verdad, en el mistagogo, para Kant, se pierde la verdad, se mancha, se contamina, porque finge ser filósofo. Es un peligro: con la figura del mistagogo la filosofía puede morir. Al momento de anunciarlo, se denuncia; es decir, cuando Kant anuncia que el mistagogo puede ocasionar la muerte de la filosofía, denuncia sus límites: su muerte, su castración.
A manera de conclusión
Entender la modernidad —o lo que se ha llamado posmodernidad, aquí especificada como apocalíptica— a través de ubicar sus inicios en la era de la melancolía permite comprender que los quiebres, rupturas y golpes al narcisismo han sumado de manera dialéctica el nihilismo y lo apocalíptico. Esto nos hace ver puntos sumamente interesantes desde la filosofía y su diálogo con el psicoanálisis, para abrir lecturas y reflexiones que brinden posibles respuestas psicoanalíticas en esta era apocalíptica: en esta muerte de la razón, de los ideales, del amor, de las creencias, etc.
Puntos que, al menos, permitan sostener interrogantes sobre aquellas “verdades” que se presentan como irrefutables. Por ejemplo, una publicación de La Jornada sobre la depresión que, desde 2012, pronosticaba a la depresión como discapacidad principal: “La depresión es la principal causa de discapacidad en los países desarrollados y será la primera en todo el mundo para el año 2020. Esta enfermedad, caracterizada por una tristeza profunda de la que el individuo no sale por sí solo, afecta a 8 por ciento de las personas en México, de las cuales sólo la décima parte recibe tratamiento y de éstas apenas uno por ciento se atiende con un médico especialista” (La Jornada, 2012).
La solución inmediata posiblemente será la medicación u otra técnica para restaurar la “capacidad” que el mundo actual requiera dentro de la lógica de la producción. Así, cuestionar permitiría, al menos —como le llaman en el artículo—, que esta “discapacidad” no sea solo ese punto de no saber lo que se pierde al entrar en un mundo del capital, donde el tiempo se mide por la producción, sin importar otro aspecto. Cuestionar queda casi fuera de escena: tomarse el tiempo para preguntar ¿por qué se presenta o por qué prolifera la denominada depresión?
Reflexionar, en una época de aceleración de la información, parece algo que pierde su lugar; pero desde el psicoanálisis puede encontrar no una respuesta o verdad absoluta, sino un saber de cada uno.
BIBLIOGRAFÍA
• Volpi, Franco. El nihilismo. Ed. Biblos, 2005.
• Mainländer, Philipp. Filosofía de la redención. Fondo de Cultura Económica, 2011.
• Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia, libro primero, parágrafo 15 (versión PDF).
• Derrida, Jacques. Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía. Siglo XXI.
• La Jornada: http://www.jornada.unam.mx/2012/09/24/sociedad/040n1soc
• Apuntes del seminario del Dr. Fermín Zumano: El conflicto de las interpretaciones: los márgenes del psicoanálisis.
* Benjamin, Walter. El origen del drama barroco alemán. Trad. José Muñoz Millanes. Madrid: Taurus.






