HAMLET, LA INVENCIÓN DE SHAKESPEARE Y LO COTIDIANO
Un análisis de Hamlet y William Shakespeare desde la literatura, la tragedia y la condición humana. Reflexión sobre lo cotidiano, el sufrimiento y la vigencia del drama shakespeariano.
Francisco Bolaños O.
3/13/20265 min read


D. H. Lawrence, en su excelente novela El amante de Lady Chatterley, achaca al progreso industrial la pérdida de valores morales, identidad y propósito con que la criatura humana pisotea la naturaleza. Dice: “aquella tierra que Connie recordaba ya no era la Inglaterra de Shakespeare…” (Lawrence, 2017).
¿De qué forma William Shakespeare, el bardo de Stratford-upon-Avon, llegó a caracterizar a varias generaciones, una tradición literaria y filosófica, así como una dramaturgia que pudo definir a toda una nación, y no cualquier nación, sino la tierra de los ángeles? Etimológicamente, England es el lugar de los anglos, esa tribu germánica (blancos como ángeles) que se estableció en Britania.
Para contestar esta pregunta se tendrá que hacer un rodeo en dos partes: la primera de ellas es, sin duda, la biografía inicial del ciudadano, hijo de un fabricante de guantes de piel en un pequeño pueblo al suroeste de Birmingham, casado con una mujer nueve años mayor que él, quien le dio tres hijos: Susanna en 1584 y los gemelos Judith y Hamnet, un año después (García, 2012).
Hasta aquí, la biografía no solo se detiene, sino que además entra en receso de datos precisos, interludio que se ha llamado por los críticos “el periodo oscuro”, dado que apenas se sabe que William abandonó Stratford para viajar a Londres y dedicarse de lleno al teatro. Reaparece entre 1592, cuando un periodista lo nombra como Shake-scene (agitador de escena), y 1594, al pasar a formar parte de la compañía los caballeros de Lord Chamberlain (curioso origen del término “chambelán”, que en México le hemos puesto “chalán”).
La segunda parte de la vida de Shakespeare parece iniciar aquí, pues la voz popular y el morbo de identificar a un poeta-dramaturgo asociado a la corte isabelina traen consigo el escándalo de los Sonetos, poemas en los que el bardo elogia tanto a una dama oscura como a un efebo que se cree fue el conde de Southampton. ¿Y qué decir de la muerte, ahora emblemática, de su único hijo varón, Hamnet, en 1596, y solo cinco años después, la de su padre? Es 1601 el año en el que se publica por primera vez Hamlet, obra que definitivamente catapulta la carrera del escritor.
Recientemente, el fenómeno Shakespeare ha sido explorado desde la vertiente de la muerte del pequeño Hamnet, recreado en la novela de Maggie O’Farrell, quien, en coproducción con Steven Spielberg y Sam Mendes, proyecta en el cine a la directora Chloé Zhao. Película que, en su clímax, es rescatada por el texto teatral: “…si alguna vez me diste lugar en tu corazón, retarda un poco esta felicidad que apeteces, alarga por algún tiempo la fatigosa vida en este mundo lleno de miserias y divulga por él mi historia…” (Shakespeare, Hamlet, acto V, escena 2).
El mito de Shakespeare, a partir de Hamlet, es evidente desde la lectura que muchos de sus críticos posteriores erigieron; es decir, pensar a nuestro poeta como un gran humanista, filósofo y quizás hasta filántropo (al menos en intención, dada la agudeza de sus obras), situación que resulta un tanto forzada. Harold Bloom despunta y encabeza esta tradición en una extensa obra cuya tesis merece nombrarse como una de las hipérboles más rimbombantes: Shakespeare y la invención de lo humano. En ella, el autor esgrime una serie de argumentos que justamente le colocan al límite de una “bardolatría”, término que se empeña en cuestionar.
Pero, ¿y si William Shakespeare no fue un humanista, al menos no en el sentido que la tradición académica masónica da a este término? Hamlet puede establecer una ruta de acceso a este debate.
Bien es cierto que la formación del bardo incluyó a los clásicos tal y como el buen reino de Inglaterra lo hacía hasta sus confines. Eran cotidianos Homero u Ovidio, por citar solo algunos nombres célebres, de cuyos tópicos William pudo haberse nutrido para enriquecer sus obras. Ejemplo de ello lo podemos rastrear en uno de los soliloquios que el propio Hamlet tiene y que parece emular al coro de Antígona: “…maravillosa criatura es el hombre, dotado de belleza y razón sin iguales…” (Sófocles, Antígona, 332). No obstante, la noción “humanista” surge con la filosofía de la Ilustración casi un siglo después.
Shakespeare no inventa el humanismo, mucho menos las bases de una “literatura clásica” o “neoclásica”. Bien al contrario, justamente Hamlet nos hace reinventar lo cotidiano al vincular el deseo con la tragedia y caracterizar a la tragedia como deseo. En voz de Hamlet cobran vida voces que claman por igualdad o justicia. La pluma de Shakespeare convierte al príncipe de Dinamarca en un ciudadano común que clama y se levanta contra la injuria, análogamente a como Emily Brontë hace de Mrs. Dean (un ama de llaves común y corriente) una excelente narradora, prosista o, por lo menos, oradora al contar la desgracia de Cumbres Borrascosas.
La encrucijada de sufrir o afrontar las adversidades es una experiencia que se repite en todos los ámbitos en que los seres humanos viven. El sepulturero pudo escapar al matrimonio, pero no lo hará de la muerte; Ofelia, en su delirio, dice que la hija del panadero tornó en una lechuza; sabemos lo que somos, mas no lo que seremos. “El cuerpo está con el rey, pero el rey no está con ese cuerpo” (acto IV, escena 3) nos recuerda que la vestidura no siempre es una investidura, y menos en términos de reconocimiento.
El mérito de Hamlet no habría que buscarlo en una celebridad historicista, ni en la incorporación ficticio-literaria de un “fantasma”, sino en la encarnación de las pasiones que lo humano experimenta todos los días. Hannibal Lecter, siguiendo con la simplicidad en las Meditaciones de Marco Aurelio, nos advierte: “anhelamos lo que vemos todos los días…” (Harris, 2004). Hamlet nos recuerda la condición humana; no puede decirse que la inaugura.
Hete allí que Hamlet es el inicio de la leyenda sobre Shakespeare, pero que, como obra, lleva las marcas permanentes del sufrimiento. Es por eso que ha trascendido épocas y seguirá vigente mientras la relación humana demarque sus propias circunstancias, principalmente… “aquella región de la que ningún caminante retorna” (acto III, escena 1).
Referencias
Brontë, E. (2019). Cumbres Borrascosas. Sustantivo.
Bloom, H. (2011). Shakespeare: la invención de lo humano.
García-Garzón, J. I. Prólogo a Shakespeare, W. (2018). Op. cit.
Harris, T. (2005). El silencio de los corderos. Debolsillo.
Lawrence, D. H. (2005). El amante de Lady Chatterley. Tomo.
Shakespeare, W. (2018). Hamlet. Traducción de Leandro Fernández de Moratín. Edaf.






