Drácula: origen, símbolos y lectura literaria desde el psicoanálisis, la filosofía y la modernidad
Este artículo aborda Drácula, obra literaria escrita por Bram Stoker, escritor irlandés que nació en 1847 y murió en 1912. Stoker estudió en el Trinity College. Después de trabajar como funcionario durante ocho años, abandonó esta ocupación para vincularse con el teatro y dedicarse a la literatura (Alianza Editorial, 2016). Como toda gran obra, Drácula puede ser abordada desde distintas perspectivas: la literatura gótica, la historia cultural, la antropología, la filosofía, los estudios de género, la religión, el contexto victoriano o algunas cuestiones psicoanalíticas. Las siguientes preguntas serán centrales para el desarrollo de este artículo: ¿qué es Drácula como mito moderno? ¿Cómo articula Stoker el horror, la sangre, el deseo y la muerte dentro de la novela? Estas preguntas centrales abren otras tantas: ¿desde dónde se construye el vampiro?, ¿qué lugar ocupa Vlad Țepeș como sombra histórica?, ¿por qué la sangre se vuelve el centro simbólico de la obra?, ¿qué función tiene la mujer deseante?, ¿por qué el vampiro no muere?, ¿qué relación hay entre Drácula y el padre arcaico del psicoanálisis?, ¿por qué la ciencia necesita recurrir a la superstición para enfrentar al monstruo? Y una pregunta, también eje del artículo: ¿por qué Drácula? Esta pregunta no es poco relevante. Si Drácula sigue apareciendo en la cultura, no es únicamente porque sea una novela de terror, sino porque, como toda obra que permanece en el tiempo, contiene algo insistentemente humano: la sangre, el deseo, los cuerpos, la muerte, el padre, la mujer, la ciencia, la religión y ese concepto de Lacan llamado goce. El estilo de este artículo toma como referencia dos modos de escritura ya elaborados en ANALIZAR: por un lado, el artículo sobre Bataille, que organiza su desarrollo mediante preguntas rectoras y fórmulas conceptuales; por otro, el artículo sobre modernidad y melancolía, que desarrolla una lectura histórica y filosófica a partir de épocas, fracturas, quiebres y golpes al narcisismo del hombre moderno. Si replicáramos alguna fórmula gramatical para este artículo, probablemente sería: La constante sería Drácula; las variables, una serie de cuestiones que adquieren diferentes formas: Drácula-sangre, Drácula-deseo, muerte, padre, mujer, ciencia, modernidad, goce. Así, Drácula no se presenta como un significado cerrado: es una figura que se abre, se desplaza y vuelve a ocultarse. Cada vez que se intenta fijar su sentido, la obra, el personaje y el vampiro escapan hacia otro campo, hacia un juego de hermenéutica: antropología, religión, sexualidad, muerte, etcétera.
Sergio Cisneros- ANALIZAR
5/13/202625 min read


I.- ¿Qué es Drácula como mito moderno?
Bram Stoker publica Drácula en 1897. Sin embargo, la figura que construye excede de inmediato el marco de la novela. Drácula se desprende del libro y empieza a circular como mito moderno. No pertenece únicamente a la literatura, sino al imaginario cultural de Occidente.
Joan Prat Carós, en Antropología de los grandes mitos: Drácula, recuerda que Stoker toma como telón de fondo a Vlad Țepeș, príncipe de Valaquia del siglo XV, conocido como “el empalador”; pero subraya que la novela no es una reconstrucción histórica, sino una obra alegórica dentro de la literatura fantástica.
Como ocurre con Comala en Juan Rulfo —aunque exista un lugar llamado así en Colima, México, no es el Comala de Pedro Páramo—, Drácula no es Vlad Țepeș; sin embargo, toma de él una sombra. Vlad pertenece a la historia política de Rumania, cerca de Brașov, donde todavía parece respirarse un olor gótico. Drácula, por su parte, pertenece al mito literario del deseo, la sangre y la inmortalidad.
Vlad empala, Drácula muerde
La diferencia entre Vlad y Drácula no es insignificante: el empalamiento pertenece al castigo público y al temor de las regiones que se atrevían a desafiar a Țepeș. Sin embargo, la historia de Vlad —como toda historia— tiene sus contradicciones. Dentro de los relatos que circulan en Rumania, se dice que Țepeș fue entregado al enemigo de su padre y fue constantemente abusado. La respuesta, cuando fue emperador, culminó en su política de terror. En Drácula, en cambio, el terror se ejerce desde la dimensión simbólica de la sangre: invade desde adentro.
La lectura de Drácula puede ir más allá de la figura del monstruo, ya que también puede representar una forma de poder, seducción, repetición, contagio y goce. El castillo es más que un escenario gótico: es el resto de un orden antiguo que se resiste a morir frente a la modernidad. Drácula muestra las fracturas de la llamada modernidad.
II.- Drácula y la modernidad: melancolía, nihilismo y tono apocalíptico
El artículo de ANALIZAR sobre “modernidad y melancolía” propone una lectura de la modernidad a partir de diferentes quiebres: la era de los melancólicos, la era del nihilismo y la era de los apocalípticos. Allí se afirma que la modernidad puede comprenderse desde “puntos de quiebre de la subjetividad”, donde el hombre moderno recibe golpes narcisistas que lo desalojan de su antigua centralidad (Sergio Cisneros, ANALIZAR, 2026).
Drácula aparece en ese horizonte.
La novela surge en el fin del siglo XIX, cuando la modernidad victoriana parece confiar en la ciencia, la medicina, el archivo, el ferrocarril, el derecho, la técnica y el progreso. Sin embargo, es en esa confianza que se abre una grieta. Drácula entra por esa grieta.
La modernidad en la novela está herida. Por un lado, se despliega el mundo moderno con sus accesorios: ciencia, trenes, telegramas, fotógrafos, médicos, transfusiones, mapas y documentos; por otro lado, aparece el vampiro: castillos, noche, sangre, superstición, crucifijos, ajos, ataúdes, maldición e inmortalidad.
La novela de alguna manera u otra muestra que lo arcaico retorna en el centro de la modernidad. Transilvania no se queda ahí en sí misma, sino que Drácula viaja a Londres, es decir entra al corazón del imperio. La ciudad moderna descubre que no ha superado del todo aquello que creía haber dejado atrás.
En esta parte, la lectura de Nietzsche sobre el nihilismo resulta importante. En el artículo de ANALIZAR se recuerda la formulación: “Nihilismo: falta el fin; falta la respuesta al ¿para qué?; ¿qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizaron”. Drácula se sitúa en una época donde los antiguos valores religiosos siguen operando, pero ya no alcanzan para ordenar el mundo. La ciencia avanza, pero algo no es suficiente. La religión persiste y aparece mezclada con superstición. Nietzsche había formulado la frase decisiva: “¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!” (Nietzsche, La gaya ciencia). Sin embargo, en la novela Dios aparece y no aparece como muerto. Los símbolos cristianos aún ejercen un poder contra el vampiro: la cruz, la hostia, el agua bendita, el sacrificio. Aunque el mundo que los usa ya no es plenamente religioso, es el mundo moderno el que recurre a los restos sagrados para enfrentar aquello que la razón no puede dominar.
En ese sentido, Drácula es una novela melancólica, nihilista y apocalíptica. Melancólica, porque muestra la pérdida de un orden simbólico estable. Nihilista, porque el sentido se fractura y las certezas se debilitan. Apocalíptica, porque revela aquello que estaba oculto.
Derrida, en su reflexión sobre el tono apocalíptico, permite pensar el apocalipsis no solo como fin, sino como revelación, como develamiento. El artículo de ANALIZAR lo formula como un “develamiento con un tinte ominoso y siniestro”. Eso es Drácula: una revelación siniestra. No trae solamente muerte. Trae develamiento.
¿Y el horror?
En la novela, la verdad va apareciendo como una acumulación de signos. Hay un argumento sostenido mediante una estructura documental: diarios, cartas, telegramas, recortes de periódico, bitácoras, informes médicos y registros fonográficos. La novela no está escrita como una narración lineal, sino a la manera de un expediente. El horror no aparece como una verdad revelada de golpe, sino como una acumulación de signos. Jonathan Harker escribe desde el castillo para sostener la cordura o, podríamos decir, la razón. Mina transcribe, ordena y articula documentos; la memoria se pierde en algunos momentos; hay escenas que no pueden ser comprendidas de inmediato. En esta comparación, la novela puede leerse como un síntoma: aparece por fragmentos y no como totalidad inmediata.
Stoker introduce una frase que podría tomarse como un tope del conocimiento, como un real lacaniano: “Hay misterios que los hombres solo pueden conjeturar y que, de edad en edad, solo pueden resolver en parte”. No todo puede comprenderse; no todo puede saberse. En esa lógica lacaniana del no-todo, hay algo que se bordea, que se lee parcialmente, algo que se resiste a la totalidad. De esta manera, la novela de Drácula puede interpretarse como una obra que roza los límites del saber. La ciencia sabe algo, la religión sabe algo, la superstición sabe algo, el cuerpo sabe algo y el archivo sabe algo, pero ninguno sabe todo. La novela, de cierta manera, se sostiene en ese no-todo.
IV.- Drácula – Sangre: vida, muerte y posesión
Si hubiera que elegir un elemento central en Drácula, sería la sangre. La sangre no es únicamente un fluido: es vida, linaje, alimento, erotismo, herencia, contagio, alianza, posesión y condena. La novela lo formula de manera explícita cuando Renfield repite: “The blood is the life! The blood is the life!” —“¡La sangre es la vida! ¡La sangre es la vida!”— (Drácula | Project Gutenberg, s. f.). Pero ¿por qué la sangre es la vida? Porque en ella se condensa la posibilidad de durar, transmitir, poseer y contaminar. Recordemos que Drácula no bebe agua ni vino: bebe aquello que en el otro sostiene la vida.
Joan Prat Carós observa que la sangre funciona en la novela como alimento, vida, rejuvenecimiento y transmisión de una inmortalidad nefasta. Drácula se alimenta de sangre humana y convierte a sus víctimas en muertos-vivos (Prat Carós, 2019). Pero quizá el punto más trascendental es que la sangre permite pensar una forma de continuidad. En este punto, Bataille resulta pensable. En El erotismo, Bataille formula su frase decisiva: “El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte”. El artículo de ANALIZAR sobre Bataille toma esta fórmula como núcleo conceptual para pensar la relación erotismo = vida-muerte (Sergio Cisneros, ANALIZAR, 2026). En Drácula, la sangre ocupa una función semejante. Es el elemento que permite unir vida y muerte, no como reconciliación, sino como parasitismo. Drácula busca continuidad por vía de la sangre. No acepta la separación entre los cuerpos. No acepta la finitud. No acepta que cada vida sea discontinua, limitada, mortal. Quiere prolongarse mediante el otro. La fórmula podría pensarse así: sangre = vida + muerte + posesión. Pero esta fórmula debe precisarse. La sangre da vida al vampiro, pero produce muerte en la víctima. La sangre rejuvenece al conde, pero debilita a Lucy. La sangre promete continuidad, pero introduce condena. La sangre no solo circula: escribe. Escribe una marca en el cuello, una pertenencia, una deuda, una transformación, una violencia. En ese punto, la sangre funciona como signo clínico y como signo metafísico. Se ve en el cuerpo, pero remite a algo más allá del cuerpo.
V. Drácula - erotismo: la mordida y la transgresión
La mordida vampírica no puede reducirse a un acto alimenticio. Es una escena erótica desplazada, ocurre de noche, en el cuarto, sobre el cuello, con fascinación, con debilidad, con entrega parcial, con horror.
La víctima no siempre responde solo desde el rechazo. A veces hay atracción. Hay una zona ambigua donde miedo y deseo se cruzan. Esa ambigüedad puede interpretarse como una de las grandes fuerzas literarias de la novela.
Desde Bataille, el erotismo implica transgresión: no se trata simplemente de sexualidad reproductiva, sino de una experiencia donde el límite del cuerpo se abre y la vida toca la muerte. El artículo de ANALIZAR insiste en que Bataille trabaja el erotismo desde continuidad, transgresión y muerte (Sergio Cisneros, ANALIZAR, 2026).
Drácula encarna esa articulación, su mordida abre el cuerpo y lo introduce en otra economía. Lo que parecía frontera —la piel, la individualidad, la voluntad— queda vulnerado. La mordida es una transgresión del límite corporal, pero también es una transgresión moral y en la cultura victoriana, la sexualidad femenina debía permanecer regulada por ideales de pureza, matrimonio y maternidad. Drácula irrumpe justamente ahí, no solo amenaza la vida de las mujeres; amenaza el orden simbólico que las organizaba. De esta manera la mordida no es solo una herida. Es una escena donde la moral se descompone. El vampiro toca el cuerpo, pero también toca la ley.
VI. Drácula - muerte: la imposibilidad de morir
Drácula no representa simplemente la muerte, representa algo más inquietante: la imposibilidad de morir. El vampiro no está vivo de manera plena, pero tampoco está muerto. Es un muerto-vivo, una figura intermedia, un cuerpo que no descansa, una existencia suspendida.
Desde la filosofía, esto permite pensar la finitud. Heidegger sostiene que el ser se comprende desde su relación con la muerte. La muerte no es solo un acontecimiento final; estructura la existencia. El ser humano vive sabiendo, de algún modo, que va a morir.
Drácula rompe esa condición: no muere, pero tampoco vive; persiste. Sin embargo, la inmortalidad, en la novela, no es una salvación: es condena. Esto permite una lectura cercana a Schopenhauer y a Mainländer. En el artículo de ANALIZAR sobre modernidad y melancolía se recuerda que Mainländer piensa la meta de toda vida como muerte, y que esa intuición puede ponerse en diálogo con Freud y la pulsión de muerte. Drácula parece invertir la fórmula: no quiere morir, pero su no-muerte es una forma de muerte interminable. No vive para vivir: dura para seguir mordiendo.
La inmortalidad vampírica no abre una existencia más rica. Al contrario: reduce la existencia a repetición. Sed, noche, ataúd, sangre, retorno. La inmortalidad vampírica = repetición sin duelo. Drácula no puede hacer duelo de la vida porque no acepta perderla; tampoco puede habitar la muerte porque no se entrega a ella. Queda fijado en una zona intermedia. Esa zona puede denominarse horror.
VII. Drácula - padre: Freud, tótem y parricidio
Uno de los aportes fundamentales de Joan Prat Carós es leer a Drácula a partir de Tótem y tabú. El conde aparece como figura del padre arcaico: poderoso, celoso, dominante, dueño del castillo, de la noche, de las mujeres y de la sangre.
Freud imagina en Tótem y tabú una escena originaria: un padre primordial monopoliza el goce y excluye a los hijos. Los hijos, unidos por el odio y la admiración, lo matan; después aparece la culpa y, con la culpa, la ley. Drácula puede leerse desde esa estructura: es el padre que no acepta morir, que no transmite la ley, sino que impone su goce; que no ordena el deseo, sino que captura los cuerpos; es, de cierta manera, el padre que no deja lugar a los hijos. Desde Lacan, conviene precisar: Drácula no es el Nombre-del-Padre. No representa la función simbólica que introduce la ley y la castración. Drácula representa, más bien, al padre gozador, al padre obsceno, al padre que está más allá del límite. No dice “no” para ordenar; más bien muerde para poseer.
Por eso, bajo la interpretación de Prat Carós, la muerte de Drácula no es una simple escena de aventura. Es un parricidio ritual. Los hombres se unen para destruir al padre que posee la sangre, la noche y las mujeres. Pero el problema del padre no termina con su muerte. Freud muestra que el padre muerto puede volverse aún más poderoso como ley, culpa y memoria. En Drácula, algo semejante ocurre: el vampiro debe ser destruido, pero su figura queda inscrita en la cultura. El padre puede morir, pero su sombra continúa. Quizá esto está muy bien representado en Hamlet mediante el recurso del espectro.
VIII. Drácula - mujer: Lucy, Mina y el deseo femenino
La novela está atravesada por una cuestión profunda frente a la mujer. Lucy y Mina pueden interpretarse no como simples personajes femeninos, sino como dos modos de inscripción de lo femenino dentro del orden victoriano. Por un lado, Mina representa a la mujer que escribe, organiza, cuida, sostiene y archiva. Es inteligente, eficaz y fundamental para la investigación. Sin Mina, los hombres no podrían ordenar los documentos ni reconstruir la lógica del vampiro. Pero su inteligencia es tolerada porque permanece moralmente contenida. Mina puede saber, pero no debe desear demasiado. Puede organizar el archivo, pero debe permanecer del lado del sacrificio.
Por otro lado, Lucy encarna otro problema. Antes de su transformación, aparece como joven amada, deseada, protegida. Después, convertida en vampiresa, se vuelve figura de horror. ¿Qué cambió? No cambió solo su estatuto vital: lo que cambió fue su relación con el deseo. Lucy vampira ya no es la mujer pura que debe ser cuidada. Es la mujer que desea, seduce, llama, muerde. En el orden victoriano, esto resulta insoportable. Prat Carós señala que la vampiresa representa a la mujer sexualmente activa, voluptuosa, amenazante para el orden patriarcal. Su destrucción ritual no solo elimina al monstruo; también restablece violentamente una norma sobre el cuerpo femenino (Prat Carós, 2019). Aquí Foucault permite ampliar el análisis: para Foucault, no solo se reprime la sexualidad, sino que se convierte en objeto de discurso, vigilancia, clasificación y control. Lucy es observada, diagnosticada, transfundida, protegida, perseguida y finalmente atravesada. Su cuerpo se vuelve campo de intervención. La pregunta debe sostenerse con toda su incomodidad: ¿qué se destruye cuando se destruye a Lucy vampira? ¿Al monstruo? ¿O a la mujer que dejó de ocupar el lugar que la cultura esperaba de ella? La escena de Lucy muestra que el terror no se dirige únicamente contra la muerte; también se dirige contra una feminidad que ya no acepta ser reducida a pureza, pasividad o maternidad. Lucy no horroriza solo porque esté muerta, sino porque desea.
IX. Drácula - ¿el vampiro desea?
El deseo supone falta. Se desea porque algo no está, porque ningún objeto coincide plenamente con aquello que se busca. El goce, en cambio, implica exceso, repetición, satisfacción más allá del principio del placer. En este sentido, en la novela el vampiro no ama, pero tampoco desea; más bien se instala en una repetición. Drácula no busca el encuentro: busca la posesión. En el acto de la mordida no se dialoga: no hay palabra; hay captura. Desde ahí, Drácula reduce al otro a una fuente de sangre, de vida, de perpetuidad. De esta manera, Drácula puede interpretarse desde el goce, en el sentido lacaniano del término. No se sacia, no concluye, no transforma su relación con el otro: repite.
Renfield puede aquí ser considerado como esa figura clínica de esta economía. Su deseo de incorporar vidas pequeñas —moscas, arañas, pájaros— reproduce en miniatura la lógica vampírica. Él mismo lo formula cuando habla de fortalecer sus poderes vitales “through the medium of his blood” —“por medio de su sangre”—. (Drácula | Project Gutenberg, s. f.)
Renfield no es un simple loco secundario. Es el espejo degradado del vampiro. Allí donde Drácula encarna el goce aristocrático, Renfield encarna el goce manicomial, contable, acumulativo. Ambos quieren lo mismo: apropiarse de vida ajena. El vampiro puede leerse como metáfora de vínculos parasitarios: relaciones donde alguien vive del tiempo, del cuerpo, del trabajo, de la angustia y del deseo del otro. El vampiro no escucha, no presta la oreja ni la alquila —para parafrasear a Foucault—: más bien muerde.
X. Drácula - ciencia: cuando la razón encuentra su límite
Drácula no opone de manera simple ciencia y superstición. La novela hace algo más complejo: las mezcla. Hay médicos, transfusiones, telegramas, trenes, fonógrafos, diarios, mecanografía, informes y observación clínica. Pero también hay crucifijos, ajos, hostias consagradas, estacas, rituales y cementerios. Desde una racionalidad rígida, esto parecería contradictorio. Pero la novela muestra que el horror, cuando está instalado y no obtiene respuesta desde los marcos paradigmáticos de la razón, exige una lectura más amplia, menos reduccionista. Van Helsing representa esa posición intermedia. Es médico, profesor, científico, lector de signos, casi sacerdote. No abandona la razón, pero tampoco se encierra en ella. Comprende que hay fenómenos que obligan a la razón a reconocer sus bordes.
Stoker lo formula con una frase interesante: “Por extraño y terrible que sea, es verdad” (Drácula | Project Gutenberg, s. f.). Esta frase podría ser la tesis epistemológica de la novela. La verdad no siempre aparece bajo formas tranquilizadoras: a veces se presenta como extrañeza y, en ocasiones, obliga a modificar los criterios con los que se pensaba el mundo.
Aquí se puede volver al artículo de ANALIZAR sobre modernidad: la era apocalíptica aparece como una época donde la razón encuentra su límite, donde se denuncia su propia castración (Sergio Cisneros, ANALIZAR, 2026). Eso ocurre en Drácula. La razón moderna no desaparece, pero queda castrada en su pretensión de totalidad. No puede explicarlo todo. Debe articularse con otros registros: mito, religión, cuerpo, experiencia, transmisión oral, superstición.
XI. Drácula — ominoso: lo que debía permanecer oculto
Freud, en Lo ominoso —Das Unheimliche, 1919—, no define lo siniestro como aquello que simplemente produce miedo. El miedo, por sí solo, no basta. Hay terrores que vienen de afuera: la amenaza, el accidente, la violencia evidente, la catástrofe. Pero lo ominoso pertenece a otra economía afectiva: no es lo absolutamente extraño, sino lo extrañamente familiar. Freud lo formula desde el comienzo con una precisión decisiva: “lo ominoso es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo” (Freud, 1919/1976, p. 220).
Esta frase permite leer Drácula no solo como novela gótica, sino como una escena privilegiada de retorno. El vampiro no horroriza porque sea únicamente monstruoso; horroriza porque devuelve, bajo una figura intolerable, aquello que la cultura victoriana había querido mantener bajo llave: el cuerpo, la sangre, el deseo, la sexualidad femenina, la muerte, la animalidad, el padre arcaico, el goce, la religión, la superstición y el resto premoderno que la razón científica pretendía haber dejado atrás. Drácula no llega desde un exterior absoluto. Llega desde aquello que Europa quiso llamar pasado, Oriente, superstición, barbarie, linaje, noche; pero que seguía habitando el centro mismo de su modernidad.
Por eso Freud retoma la célebre definición de Schelling: “se llama unheimlich a todo lo que, estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz” (Schelling, citado en Freud, 1919/1976, p. 225). Esta definición parece escrita para Drácula. El vampiro es, literalmente, la aparición de lo oculto. Sale del ataúd, sale del castillo, sale de la noche, sale del archivo de las leyendas, sale del subsuelo de la civilización. Pero, más radicalmente, hace salir a la luz aquello que ya estaba reprimido en los sujetos y en las instituciones que lo combaten.
Freud advierte que la palabra alemana heimlich contiene una ambivalencia decisiva: significa lo familiar, lo íntimo, lo doméstico, pero también aquello que permanece oculto, reservado, sustraído a la mirada. De ahí su torsión inquietante: “heimlich es una palabra cuyo significado se desarrolla en dirección a una ambivalencia, hasta coincidir finalmente con su opuesto, unheimlich” (Freud, 1919/1976, p. 226). Lo familiar se vuelve siniestro no porque deje de ser familiar, sino porque revela el secreto que lo sostenía. La casa, el cuarto, el dormitorio, el lecho, el cuerpo amado, la madre, la novia, la religión, la sangre familiar: todo eso, en Drácula, se vuelve amenazante precisamente porque era demasiado cercano.
XII. Drácula, ¿para qué?
Ahora bien, si hemos dicho que Drácula puede interpretarse desde la literatura, la filosofía, el psicoanálisis, la antropología, el erotismo, la sangre, la mujer, el padre, la muerte, la modernidad, el nihilismo y el tono apocalíptico, queda todavía una pregunta que no es secundaria, sino decisiva:
Drácula, ¿para qué?
¿Para qué leer hoy una novela de vampiros publicada en 1897? ¿Para qué volver a un castillo, a un muerto que no muere, a una mordida en el cuello, a un grupo de hombres y mujeres que registran en diarios, cartas, telegramas, fonógrafos y recortes de periódico el avance de una amenaza nocturna? ¿Para qué seguir leyendo a Drácula cuando nuestra época parece tener otros monstruos: algoritmos, guerras, cuerpos medicalizados, pantallas, vigilancia digital, soledades masivas, nuevas formas de violencia, nuevas administraciones del deseo y del cansancio?
La respuesta no puede ser solamente nostálgica. No se trata de leer Drácula porque sea una pieza de museo del gótico victoriano, ni porque el vampiro se haya vuelto un icono pop reconocible. Se trata de leerlo porque todavía insiste y, aunque modificado, aún hay versiones que remiten a Drácula. Es decir, en términos metafóricos, no ha terminado de decir lo que dice. Porque su monstruo sigue operando como un manantial de interpretación —o de interpretaciones—, como ocurre con algunas obras; asimismo, porque cada época, al volver sobre Drácula, no encuentra únicamente al Conde: encuentra algo donde arraigan sus propios temores.
Una primera posible respuesta sería literaria: porque Drácula es una de las grandes obras del gótico moderno. Pero esta afirmación exige precisarse. Su grandeza no reside solo en haber fijado una imagen canónica del vampiro, sino en haber producido una forma narrativa capaz de convertir el horror en archivo. Stoker no nos entrega una voz soberana que narra desde la seguridad del saber; nos entrega fragmentos, documentos, registros parciales, testimonios contaminados por la angustia. La novela no dice simplemente “esto ocurrió”; dice: esto fue escrito, transcrito, ordenado, fechado, leído, puesto en serie. El horror no aparece fuera del lenguaje; aparece atravesando los dispositivos de inscripción de la modernidad.
En ese sentido, Drácula no es solo una novela de vampiros: es una novela sobre la necesidad desesperada de documentar aquello que excede el documento. Jonathan escribe para no perder la razón. Mina transcribe para construir sentido. Seward graba en el fonógrafo para fijar clínicamente lo que se descompone en la experiencia. Van Helsing interpreta indicios que no caben del todo en el saber médico. La modernidad, ante el monstruo, responde archivando. Pero el archivo no elimina el horror; lo hace visible. Como si la novela dijera: aquello que se registra no queda dominado por el solo hecho de ser registrado.
Por eso Mina es central. Ella no es un personaje auxiliar, sino una figura epistemológica. En la trama, el combate contra Drácula se vuelve posible cuando los fragmentos dispersos son reunidos, mecanografiados y ordenados. La verdad del vampiro no está en un solo testimonio, sino en la serie. Leer Drácula es aprender que el horror moderno no se presenta siempre como evidencia inmediata; muchas veces aparece como resto, como dato mínimo, como repetición, como detalle que solo cobra sentido cuando alguien sabe leerlo. En esto, la novela se aproxima a una lógica psicoanalítica: no basta con tener recuerdos, sueños o síntomas; hace falta una operación de lectura que los articule y alguien que desde ese lugar escuche.
Una segunda respuesta sería histórica: porque Drácula permite comprender las ansiedades del fin de siglo victoriano frente a la ciencia, la sexualidad, la religión, la mujer y el cuerpo. Pero tampoco se trata de reducir la novela a un documento de época. Su fuerza consiste en que esas ansiedades históricas no han desaparecido: se han desplazado. El miedo al extranjero ya no tiene el mismo rostro, pero persiste en los discursos de pureza, amenaza, contagio e invasión. El miedo al cuerpo ya no se organiza exactamente como en la moral victoriana, pero continúa en la administración biopolítica de la salud, el rendimiento, la imagen y la sexualidad. El miedo al deseo femenino ya no se formula con el mismo vocabulario, pero sigue reapareciendo cada vez que la autonomía de una mujer es leída como exceso, amenaza o desorden.
La novela conserva, entonces, una actualidad incómoda. No porque el siglo XXI crea literalmente en vampiros, sino porque sigue produciendo figuras a las que atribuye lo que no quiere reconocer de sí mismo. El monstruo funciona como depósito cultural. Una sociedad expulsa hacia él aquello que le resulta intolerable: su violencia, su deseo, su culpa, su miedo a la muerte, su dependencia de la sangre ajena, su voluntad de dominio. En esa operación, el monstruo parece ajeno; pero en realidad es profundamente familiar. De ahí la actualidad freudiana de la novela: Drácula no regresa porque venga de otro mundo, sino porque retorna desde aquello que la cultura quiere reprimir.
Freud ayuda a pensar esta persistencia. En Lo ominoso, afirma que lo siniestro no es cualquier forma de miedo, sino “aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo” (Freud, 1919/1976, p. 220). El vampiro sigue inquietando porque no es absolutamente exterior. Es una figura que toca algo antiguo, algo íntimo, algo que la cultura conoce pero no quiere saber que conoce. La sangre, el deseo, la muerte, el padre, el cuerpo, la religión, la culpa, la noche: nada de eso es extraño a la vida humana. Lo extraño es que vuelva bajo la forma de una criatura que obliga a mirarlo.
Una tercera respuesta sería filosófica: porque Drácula interroga la finitud, el poder, el mal, la inmortalidad y la pérdida de sentido. El vampiro parece haber vencido a la muerte, pero su victoria es una condena. No muere, pero tampoco vive plenamente. Dura, persiste, se repite. Su inmortalidad no es plenitud, sino parasitismo. No posee una vida más alta, sino una existencia dependiente de la vida de otros. Aquí la novela plantea una pregunta filosófica radical: ¿qué clase de deseo es aquel que quiere durar a cualquier precio? ¿Qué queda de la vida cuando la finitud es expulsada? ¿Qué forma toma el poder cuando su único horizonte es perpetuarse?
Drácula no busca simplemente alimentarse. Quiere extender su dominio. Quiere trasladarse, multiplicarse, penetrar una ciudad, crear descendencia, establecer una red. Su inmortalidad es inseparable de una lógica política: durar equivale a dominar. En este punto, la figura de Vlad Țepeș, evocada como trasfondo histórico y mítico, permite comprender una diferencia esencial: Vlad empalaba para gobernar; Drácula muerde para durar. El primero organiza el terror como espectáculo soberano; el segundo administra la vida como apropiación íntima. En Vlad, el cuerpo del enemigo se exhibe verticalmente como advertencia pública. En Drácula, el cuerpo de la víctima es penetrado en secreto, por la noche, en el cuello, en el lecho. Uno hace del castigo una escena de Estado; el otro hace del contagio una política de la sangre.
Leer hoy Drácula sirve, entonces, para pensar las formas contemporáneas de la duración parasitaria. No solo la inmortalidad fantástica, sino toda estructura que vive de extraer vida: instituciones que se sostienen agotando cuerpos, sistemas que se alimentan de atención, economías que convierten el tiempo vital en recurso, poderes que no crean mundo sino dependencia. El vampiro no es únicamente un cadáver aristocrático; es una figura de la extracción. Vive porque otro pierde fuerza. Se rejuvenece porque otro se debilita. Su plenitud es el vaciamiento del otro.
Una cuarta respuesta sería psicoanalítica: porque Drácula muestra que lo reprimido no desaparece. Retorna. Y retorna de noche. Por la ventana. En el cuerpo. En la sangre. En el sueño. En aquello que no se quiso saber.
Freud lo formula de manera decisiva cuando vincula lo ominoso con el retorno de complejos reprimidos y creencias primitivas que se creían superadas. “Lo ominoso vivenciado se produce cuando unos complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión, o cuando unas convicciones primitivas superadas parecen hallar nueva confirmación” (Freud, 1919/1976, p. 248). Esta frase podría funcionar como clave de lectura de toda la novela. Drácula hace retornar lo que la modernidad victoriana quiso relegar al pasado: muertos que no descansan, sangre sagrada, fuerzas impuras, maldiciones, erotismo, violencia de linaje, cuerpos femeninos que no obedecen, padres arcaicos que no mueren.
La novela muestra cómo una época organiza sus miedos y deseos bajo la figura de un monstruo. El vampiro es aquello que la cultura expulsa para no reconocerse. Pero vuelve; y, cuando vuelve, a veces revela.
Quizá esta sea la condición de lo monstruoso: no solo amenaza, interpreta. No solo destruye, muestra. Drácula revela que la cultura victoriana no era tan racional como decía, no era tan casta como pretendía, no era tan secular como imaginaba, no era tan dueña de su cuerpo, de su deseo, de su ciencia ni de sus muertos. El monstruo no viene a introducir una contradicción en un mundo coherente; viene a mostrar que la contradicción ya estaba ahí.
Por eso Drácula no solo pregunta por el vampiro: pregunta por las condiciones modernas de la verdad. ¿Cómo sabemos lo que sabemos? ¿Qué cuenta como prueba? ¿Qué ocurre cuando el testimonio parece delirante pero los indicios coinciden? ¿Qué sucede cuando la ciencia no alcanza, pero la superstición acierta? ¿Cómo se construye una verdad cuando nadie posee la totalidad de la escena? La novela responde formalmente: por montaje. La verdad no aparece en una voz única, sino en la articulación de fragmentos. En este sentido, Drácula anticipa una sensibilidad moderna y contemporánea: la verdad como expediente, como red, como archivo en disputa.
También sirve para pensar la muerte. No la muerte abstracta, sino la muerte que una cultura no puede simbolizar. El vampiro es la fantasía de escapar a la muerte, pero también la pesadilla de no poder morir. La inmortalidad, en Drácula, no redime; degrada. El Conde no alcanza una vida eterna espiritual, sino una duración material, nocturna, dependiente, repetitiva. La novela muestra que la finitud no es simplemente una desgracia; es condición de una vida humana. Quien no muere tampoco puede concluir, legar, descansar, ser llorado. Drácula no tiene duelo. Y por no tener duelo, se vuelve repetición.
Por eso leer Drácula hoy puede servir para pensar nuestros propios modos de repetición. No somos vampiros, pero repetimos. Repetimos vínculos, escenas, angustias, elecciones, formas de pérdida, modos de goce, maneras de abrir la puerta a aquello que nos daña. En ese punto, el vampiro deja de ser solo criatura externa y se vuelve figura clínica. ¿Qué vuelve de noche en la vida de un sujeto? ¿Qué muerde sin ser nombrado? ¿Qué exige sangre bajo la forma de una repetición? ¿Qué muerto no ha sido enterrado simbólicamente?
La pregunta “Drácula, ¿para qué?” encuentra aquí una respuesta ética: para aprender a no confundir desaparición con elaboración. Lo reprimido puede callarse durante un tiempo, pero no por eso desaparece. Puede cubrirse de moral, de ciencia, de religión, de productividad, de buenos modales, de vida familiar, de discursos de progreso. Pero retorna. Y cuando retorna, suele hacerlo de manera deformada. El vampiro es esa deformación: lo que no pudo ser escuchado vuelve como amenaza.
Drácula permanece porque nos obliga a mirar lo que una cultura deposita en sus figuras de horror. Permanece porque el monstruo no está quieto: cambia con quienes lo leen. En una época, fue miedo al extranjero; en otra, miedo a la sexualidad; en otra, metáfora del contagio; en otra, imagen del aristócrata parasitario; en otra, figura del deseo inmortalizado por la cultura de masas. Pero en todas esas variaciones conserva una estructura: el vampiro muestra una vida que se alimenta de otra vida.
Conclusión
En Drácula se condensan el deseo que no encuentra palabra, la muerte que no se deja pensar, el cuerpo que desborda la moral, la mujer convertida en amenaza, el extranjero convertido en síntoma, la ciencia confrontada con su límite y el padre que no termina de morir.
Desde la literatura, la novela es una obra maestra del archivo gótico. Su forma epistolar y documental no es un adorno, sino su operación profunda: el horror aparece como algo que debe ser escrito para no destruir al sujeto que lo padece. La escritura no elimina la noche, pero permite trazar sus movimientos. Mina, Jonathan, Seward, Van Helsing y los demás no vencen al vampiro solo con estacas, cuchillos, hostias o crucifijos; lo vencen también porque consiguen leerlo.
Desde la historia, la novela condensa las ansiedades del fin de siglo victoriano: decadencia imperial, temor al extranjero, crisis religiosa, positivismo médico, sexualidad reprimida, transformación del papel de la mujer, obsesión por la degeneración, miedo al contagio, desconfianza ante el cuerpo. Pero su valor no consiste únicamente en representar ese pasado. Su valor consiste en mostrarnos que toda época fabrica sus vampiros: figuras donde deposita aquello que no quiere reconocer como propio.
Desde la filosofía, Drácula es una meditación sobre la modernidad herida, la pérdida del sentido, la finitud, el mal y el tono apocalíptico. El vampiro no anuncia simplemente el fin del mundo; revela que el mundo moderno estaba menos asegurado de lo que creía. Allí donde la razón se imaginaba soberana, aparece la superstición. Allí donde la ciencia se creía suficiente, aparece el rito. Allí donde la moral se pensaba firme, aparece el deseo. Allí donde la muerte parecía clausurada por el entierro, aparece el muerto que vuelve.
Desde el psicoanálisis, la novela es una escena donde retornan el padre arcaico, el goce, la sexualidad reprimida, la angustia ante lo femenino y aquello ominoso que debía permanecer oculto. Freud permite comprender que el horror de Drácula no procede de su absoluta extrañeza, sino de su familiaridad reprimida. “Se llama unheimlich a todo lo que, estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz” (Schelling, citado en Freud, 1919/1976, p. 225). Esa es la fórmula de la novela: lo oculto sale, lo reprimido retorna, lo sepultado habla, lo muerto muerde.
Desde el presente, Drácula sirve para preguntarnos por nuestras propias formas de vampirismo. ¿Qué sistemas viven de extraer vida? ¿Qué relaciónes se sostienen chupando fuerza? ¿Qué instituciones se alimentan del cansancio de quienes las sostienen? ¿Qué discursos prometen inmortalidad a cambio de cuerpo, tiempo, deseo o sangre? ¿Qué figuras seguimos expulsando para no vernos en ellas?
Drácula es monstruo, pero también espejo. No refleja la superficie amable del rostro moderno; refleja su noche. Y quizá por eso sigue abierto. Porque cada vez que creemos haber dejado atrás al vampiro, algo de su lógica reaparece: en el deseo de durar sin límite, en el poder que se alimenta de otros, en la sexualidad que retorna como angustia, en el cuerpo que no se deja domesticar y en la muerte que no se deja archivar.
Vlad empalaba para gobernar, Drácula muerde para durar.Vlad hacía del terror una pedagogía pública del poder. Drácula hace de la sangre una economía secreta de la persistencia.Vlad clavaba cuerpos para fijar obediencias.Drácula abre cuerpos para prolongar su noche.Y quizá por eso la novela sigue abierta. Porque todavía no sabemos del todo qué entra cuando abrimos la puerta.
Referencias
Bataille, G. (2007). El erotismo (A. Vicens, Trad.). Tusquets. Obra original publicada en 1957.
Derrida, J. (1997). Mal de archivo: Una impresión freudiana (P. Vidarte, Trad.). Trotta. Obra original publicada en 1995.
Derrida, J. (1994). Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía (A. L. Bixio, Trad.). Siglo XXI. Obra original publicada en 1983.
Freud, S. (1976). Lo ominoso. En Obras completas (Vol. 17, pp. 215-251). Amorrortu. Obra original publicada en 1919.
Freud, S. (1976). Más allá del principio de placer. En Obras completas (Vol. 18, pp. 1-62). Amorrortu. Obra original publicada en 1920.
Lacan, J. (2009). La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2 (T. Segovia, Trad.). Siglo XXI. Obra original publicada en 1958.
Nietzsche, F. (2001). La gaya ciencia (J. Jara, Trad.). Akal. Obra original publicada en 1882.
Stoker, B. (1993). Drácula. Wordsworth Classics. Obra original publicada en 1897.
Las citas textuales de Drácula fueron contrastadas con la edición digital de Project Gutenberg, que identifica la novela como publicada originalmente en 1897 y conserva su estructura documental de diarios, cartas, telegramas y recortes.










